La semilla negra del tango

Cuando uno piensa en el tango imagina dos cuerpos embriagados de nostalgia. Acompasados en un abrazo son uno y son a la par fuerza y delicadeza. Es el ritmo que fluye por el Río de la Plata porque pensar en el tango es pensar en Argentina y Uruguay. Allí nace esta música, pero se engendra en un útero negro. Y es que el tango, en origen, era el nombre que se le daba a las reuniones de los esclavos africanos que desembarcaban en esta región del entonces llamado nuevo mundo.
“No permitan semejantes bailes y juntas las del tango, porque en ellas no se trata sino de robo y de la intranquilidad para vivir los negros con libertad y sacudir el yugo de la esclavitud”. Con esta frase, pronunciada en 1789 por el funcionario del Cabildo de Buenos Aires Manuel Warnes, el historiador argentino Ricardo Rodríguez Molas refuerza la  teoría del origen africano del tango. 
 
 
Una procedencia avalada por otros muchos especialistas que sostienen no sólo que esta palabra, empleada para designar los lugares de reunión destinados a las danzas, llegó a la región del Río de la Plata de la mano de los esclavos procedentes del Congo, el golfo de Guinea y el sur de Sudán; sino que fue a raíz de la oleada de migración exterior que vivieron Argentina y Uruguay, a mediados del siglo XIX, que este género musical tomó forma. En ese momento, la población que predominada en Buenos Aires y Montevideo era descendiente de la esclavitud que llegó de África y fue precisamente esta comunidad de afro-rioplatenses quienes crearon las academias que servían de punto de reunión, ya no para los esclavos, sino para los millones de trabajadores de todo el mundo que llegaban a estas ciudades-puerto para “hacer las Américas”.
 
El tango. Óleo de Pedro Figari (Uruguay, 1861-1938). 
Poco a poco allí fue germinando una danza que para las clases altas y la Iglesia Católica era realmente un germen de indecencia que irradiaba sensualidad. Una manzana prohibida que era fruto de la fusión cultural que se vivía entonces en las zonas obreras que acogían a personas de países tan diversos y que décadas más tarde evolucionaría hasta convertirse en lo que el tango es hoy.
 
Muchos lavados han hecho falta para desteñir la semilla negra del tango, pero el tesoro argentino, una vez desenterrado su origen, brilla tanto como la Región de Plata que lo vio crecer. 
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