La leyenda del Baobab

En el Día de África desvelamos un poquito de su riqueza. Escondidos, como el tesoro del Baobab, la literatura oral africana trata de sobrevivir en el interior del continente, lejos de las modernas ciudades. Al caer la noche, de espaldas al bosque, desde donde sienten que observan los ancestros, los africanos muestran su mayor fortuna: haber sabido salvaguardar lo colectivo frente a la tendencia individualista. Y así, en compañía, participan con música y palmas en el relato del griot. Todos juntos se cuentan cuentos para dormir el miedo.
Una liebre se había dormido a la sombra de un baobab. Se despertó con ganas de jugar y empezó a hablar así:
– Este baobab tiene una sombra muy fresquita, pero sus frutos no saben a nada.- E hizo un guiño a las hojas del árbol que, felices por el halago, susurraron “fih-fah fih-fah fih-fah”.
El baobab también la había oído y, molesto porque la liebre había puesto en duda la bondad de sus frutos, dejó caer uno a sus pies. La liebre se lo comió. Estaba sabrosísimo, pero al ver que sus bromas surtían efecto, prosiguió:
– Este fruto estaba muy bueno; pero, a lo mejor, el corazón del árbol está podrido…
Estas nuevas dudas hirieron verdaderamente al baobab que, muy despacito, muy despacito, empezó a abrir su corteza. Entonces la liebre pudo ver todas las maravillas que encerraba en su interior: Telas bordadas, piedras brillantes, exquisitos perfumes y exuberantes fuentes de agua rodeadas de flores brillantes y frutas de colores. Pero además, el árbol desprendía risa en su interior, que se mezclaba con el sonido del agua. Era alegría, era calma y se convertía en música.
La liebre estaba tan sorprendida que dejó de sonreír. Sólo podía escuchar la fuerza del canto de aquel baobab que le había ofrecido su corazón. Y por fuera, las hojas bailaban con el aire y susurrando volvían a cantar “fih-fah fih-fah fih-fah”. Casi no se oía ya el latido melancólico del tam-tam de los humanos.
El animal recogió todas las riquezas que podía sostener, dio las gracias y regresó rauda al bosque. Al llegar al lado de su mujer, a ésta le faltó tiempo para probarse todas las joyas, vestirse con las telas preciosas, empaparse en perfume y salir a la calle. Enseguida fue la envida de todas sus amigas. La hiena, al ver tal derroche, fue en busca de la liebre.
– ¿Dónde has encontrado todas esas cosas tan admirables que lleva puesta tu mujer?
La liebre, adulada, le contó su aventura y la hiena, envidiosa, se dirigió al bosque para comportarse igual que la liebre. El baobab, que había disfrutado con las diabluras de la orejuda, volvió a ofrecer su sombra, su frescura, su música y su corazón; contento de volver a tener compañía.
La ávida hiena se echó sobre las riquezas del árbol generoso hasta tal punto que comenzó a roerle el corazón exclamando:
– ¡No puedo con más pero volveré hasta que no quede nada en sus entrañas!
El baobab, herido y atemorizado, volvió a cerrarse y la hiena quedó atrapada en su interior, amargando hasta la última rama del árbol, hundiéndolo tanto que se escondió bajó tierra. A partir de entonces, el baobab es un árbol al revés y sólo enseña sus raíces. Y es por eso que ya no se oye al viento bailar con las hojas mientras éstas susurran “fih-fah fih-fah fih-fah”.
Antes, el corazón de los hombres era como el de los baobabs; lleno de alegría y de riquezas, se ofrecía a todo aquél que lo llamaba. ¿Qué clase de hiena ha podido devorarlo? El corazón de los hombres, como el del más grande baobab, está lleno de riquezas que llaman, llaman, llaman… hasta que perecen en un tam-tam misterioso.
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