El comienzo de la Rutha.

Una hoja en blanco en sí no significa nada, excepto cuando tengo algo que expresar. Desde que tengo uso de razón expresarme ha sido una necesidad y el papel mi mejor confidente. En ocasiones, un cosquilleo se me atraganta debajo de la garganta, como queriendo ser expulsado, y es entonces cuando doy rienda suelta al pensamiento que revoloteaba en mi cabeza y con las palabras consigo crear una metamorfosis, dando a luz mi propia reflexión. En esos momentos una hoja en blanco se convierte en una pasión que me inquieta hasta que consigo darle forma con las palabras y las ideas que me traen.
Supongo que empecé a interesarme en África por mis raíces. En Canarias la presencia del continente negro está patente, viene desde el aire con la calima que trae la arena del desierto del Sáhara. También por mar desde hace casi veinte años. Primero en pateras y más tarde en cayucos rebosantes de vidas que aspiran a mejorar. Y mucho antes de esto, la tierra canaria fue pisada por guanches, los aborígenes que, según la teoría más admitida, fueron los primeros pobladores del archipiélago procedentes del norte del continente africano.
Sin embargo, no fue hasta el año 2005 cuando África me cautivó. Llegué a Senegal en marzo de ese año con la ONG ‘Solidarios’ del instituto donde estudiaba, en la que colaboraba en distintas actividades de cooperación. No estuvimos más de diez días en el país, pero adentrarme en las entrañas de esa tierra a través de carreteras llanas y desiertas en las que veía menos casas que baobabs, para conocer a personas que nos regalaron una cabra por el proyecto que teníamos en su aldea y que recibieron con más ilusión las gafas de sol y los zapatos (acostumbrados a la arena que abrasa y que era el suelo de su pueblo) que los medicamentos que les llevamos; todo eso, dejó una huella en mí que sólo calma una hoja blanco.
Como me gusta expresar, como me gusta escribir, inicié mi carrera de Periodismo y averigüé que es la investigación periodística el género con el que más disfruto. Al principio, me sedujo el lado oscuro de la comunicación que deja fuera todo aquello a lo que no apunta el foco informativo. Me atrajo ese mundo tan real, que para mí entonces era tan desconocido.
Me producía rechazo y fascinación a partes iguales. Lejos de acostumbrarme, a medida que iba conociendo más la actualidad y los vericuetos de la política, el derecho internacional y los medios de comunicación, menos me gustaba y, sin embargo, no podía apartar la mirada como sólo ocurre cuando algo te atrae no porque lo compartas, sino porque necesitas comprenderlo.
Fue en uno de los últimos cursos, cuando un profesor nos advirtió sobre los que nos advertían ya todos: que el mercado laboral es complicado y más para los periodistas. Pero, a diferencia del resto, él daba una solución: “Hay que especializarse”, dijo. Entonces África se manifestó con toda su grandeza de donde yacía dormida y la motivación que había perdido en la universidad volvió a mí combinando la comunicación con el papel que en el marco internacional tiene aquella tierra que en mi recuerdo es tan rica y se que es tan pobre, vecina de las islas en las que me crié y que un día pisé para enamorarme para siempre.
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